Es tierra neutral. Encuentro de desencontrados. Unión para los separados. Es una capital creada por y para, pero es ese ápice improvisativo el que hace a Ottawa ser un lugar diferente dentro de Canadá.
Desiste de rascacielos y grandes edificios. Los trajes y las corbatas no ascienden cientos de pisos. Mantiene la formalidad necesaria para acometer el encargo de proteger unos derechos y libertades que tardaron en llegar.
Esa alma de sosiego cumple también con el espíritu de reencontrase con el pasado oscuro del país. Con ese trato hostil y degradante a las conocidas como Primeras Naciones. Pueblos apartados y llevados casi a su desaparición con la llegada de los europeos y sus formas. Una cicatriz imposible de borrar.
En Ottawa todo es plano, pero elegante. Con esa finura que da la buena música jazz de Oscar Peterson y su trío. El virtuoso músico y compositor sigue esperando a todo el que pasa por la capital. Te deja sentarte en su rodilla y al oído, con paciencia e imaginación, llega a contarte como se puede enfrentar el racismo con las teclas de un piano.









