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Raúl Portero Lozano | Web personal


La Mar de Campos, periódico comarcal de Tierra de Campos, me hizo una entrevista para la edición impresa de febrero de 2026. Hablé con Emilio Ramos, entrevistador de lujo, sobre la importancia de Medina de Rioseco en mi vida, de por qué el periodismo y del reto que tenemos los jóvenes por dignificar la profesión.

ENTREVISTA COMPLETA

Raúl Portero es periodismo. Una profesión que lleva en el corazón desde niño, que le hizo dar sus primeros pinitos como colaborador de La Voz de Rioseco cuando solo era un niño. Hoy es redactor de los informativos de RTVE.

Pregunta. ¿Abulense o riosecano? 

Respuesta. A ver, abulense de nacimiento, porque nací en Ávila y mis padres son abulenses. Mi madre es de Palacios de Goda y mi padre es de Bernuy-Zapardiel. Se vinieron a Rioseco cuando yo tenía dos años, así que yo me considero y me siento riosecano. Lo que marca de verdad es dónde transcurre la infancia y la juventud. Es el lugar en el que forjas la personalidad, tu núcleo de personas cercanas. Gran parte de mis amigos son de Rioseco.

P. ¿Qué recuerdas de esta infancia y juventud en Rioseco? R. Lo principal ha sido el soñar en Rioseco. Siempre me ha gustado esta profesión, desde muy pequeño. Me acuerdo en el colegio que incluso algunos nos poníamos simular cómo era un informativo de todo lo que veíamos. Yo tendría 14 o 15 años, me gustaban las tecnologías y me hice un canal de YouTube en el que hacia videos de lo que me apetecía. Lo vio José Ángel Gallego, de 'La voz de Rioseco, me llamó y me dijo, «me interesa mucho que seas colaborador del programa, que tengas alguna sección». Y así fue como empecé. Rioseco marca mi vida y mi forma de pensar también ahora.

P. ¿Qué labores realizas en el Telediario?

R. Trabajo en el del fin de sema- na, que es un equipo aparte, un reducto en el que trabajamos de una manera distinta, hacemos dos informativos diarios y estamos ahí doce horas los sábados y los domingos. Es bastante diferente a la semana. Estoy en el área de sociedad y cultura, que están unidos. Trato cuestiones. relacionadas con los sucesos, con las historias que le pasan a la gente. También hago un poco de cultura de vez en cuando, que me gusta mucho, porque viene bien para descansar la cabeza. Mi labor es la de redactor de in- formativos, el que piensa la noticia y contacta con la gente que considera. También montamos la pieza. Esto, por desgracia, es el periodismo actual y eso que es la tele pública. Imagínate en la privada donde se exprime al máximo lo que alguien puede hacer. Lamentablemente, todo se reduce al tema económico.

P. ¿Cómo es trabajar en TVE a nivel emocional?

R. Es una emoción bastante. fuerte, porque la noticia que vas a hacer la van a ver al menos un millón de personas, que es el mínimo que suele haber. Es muy emocionante, un aliciente diario. que te hace ir a trabajar, y también una carga de responsabilidad. En la tele pública se mira todo con lupa y un error puede acabar en una pregunta parlamentaria en la comisión del congreso. Supone un reto, algo que te hace crecer. La economía del lenguaje te hace necesitar ser más preciso. Recuerdo que, al principio, hacia unos testamentos enormes, entonces mi jefe amablemente me dice, «Raúl, mira, escribes muy bien y todo lo que tú quieras, pero aquí tenemos un minuto para contar todo».

P. ¿Tienes algún referente en el mundo del periodismo? 

R. Claro, pienso que se está perdiendo la parte critica del periodismo, sobre todo en el ámbito de la cultura. Uno de mis referentes es Francisco Umbral. Fuel una persona que en Valladolid tuvo su infancia y adolescencia y luego se va a Madrid. Tengo otros referentes que son de la casa, de TVE. Por ejemplo, las crónicas culturales de Carlos del Amor. Y en el máster tuve la oportunidad de conocerle, compartir impresiones y a veces los viernes también compartimos mesa. Una referencia principal respecto a un trabajo pulcro y muy interesan- te es la de los corresponsales de Televisión Española. Por ejemplo, quien está ahora en Jerusalén, Marc Campdelacreu o Almudena Ariza, que se ha recorrido todo el mundo. Alguna vez que he hablado con Almudena veo la emoción que tiene por contar las cosas. Esas personas que dicen a pesar de toda mi familia, de todo lo que tengo, necesito contar. Y cómo defienden a los equipos, los cámaras, técnicos, a los que no se les ve pero que se juegan la vida igual. Me gusta, sobre todo, la. manera de contar, la honestidad, porque no es estar ahi en una guerra, sino cómo ven el conflicto desde muchos puntos de vista.

P. ¿Cómo ha sido la experiencia de cubrir los incendios del pasado verano?

R. Pues fue algo muy complejo. Al principio, iba a ir para un par de días, el sábado y el domingo porque iba a cubrir el fin de semana. Yo era un novato en esto, no sabía moverme muy bien por el terreno. Esos dos días fueron para ver qué estaba pasando. Pasamos de estar en un punto de control, de policía y el 112, de las brigadas de la Junta de Castilla y León y la UME, pasamos de eso a buscar cosas. Por nuestra cuenta de riesgo fuimos a los pueblos donde habían entrado las llamas. Casas arrasadas, los vecinos que estaban muy enfadados con la administración... Fue una experiencia bastante fuerte.

P. Has rescatado una pieza del archivo de Televisión Española sobre la Semana Santa de Rioseco, ¿Cómo fue?

R. Si, eran 26 minutos de un reportaje previo que se hizo a las retransmisiones de 1968. Esas retransmisiones se vieron en directo tanto las procesiones del Jueves Santo como las del Viernes Santo. Eso salió el año pasado y dije: ¡esto es un tesoro! Era un reportaje previo que emitieron el Miércoles Santo y que se grabó el Día del Pregón. Salían factorías y entrevistaban a la gente, el Hotel Los Almirantes, entraban en La Espiga... Es una auténtica delicia ese reportaje. Una belleza, vamos, impresionante. Este año ha salido otra cinta que es una crónica que hizo Santos Paniagua, que es una belleza absoluta y un tesoro. Nos hace ver cómo éramos y cómo fuimos en el 68.

P. ¿Cómo lo descubriste?

R. Cuando estoy en la tele, en los tiempos muertos, me gusta ver qué hay de Rioseco. Solicité acceso a ARCA, que es el banco donde están todas las imágenes que se van digitalizando y fue cuando me encontré con el primer reportaje, el del año pasado. Luego salió el segundo, que es el de este año. Hay más cosas que, con el tiempo, pues iré trabajando en ver cómo puedo sacar para que todos lo disfruten.

P. ¿Te gustaría añadir algo? 

R. Me gustaría reivindicar la profesión de periodista, que creo que es fundamental. Vocaciones hay pocas o van saliendo cada vez menos, ye y esto es un hecho estadístico. Es verdad que los tiempos van cambiando. He tenido mucha suerte, porque hice el máster de TVE y aunque tuve que pedir un crédito lo pude sacar y tuve la suerte de que gusté a mi equipo y decidieron contratarme. Luego me presenté a la oposición y la aprobé. Me considero una persona con muchísima suerte, pero hay personas muy válidas que, por desgracia, la vida los ha llevado a tener que ir a un medio donde están malviviendo y acaban decepcionados. Quiero reivindicar la profesión y animar a la juventud, porque si les interesa contar lo que pasa, indagar y tener ese afán de curiosidad, que se dediquen al periodismo. Quien trabaja, llega. Hay que reivindicar la profesión ahora más que nunca que está tan en duda, por desgracia, por la polarización y el uso político que se hace.

Fue un viaje en aquel Avangard de época soviética. Al volante un azerbaiyano (que no azerí) que hacía el viaje de ida y vuelta a aquellos volcanes de lodo y gas unas 40 veces al día.

Los caminos de tierra dura. Los pozos de gas al fondo que sabías que estaban en funcionamiento por la pequeña llama que había en lo alto. 

Los helicópteros dando vueltas para que todo fuera bien y nadie perturbara la extracción de los bienes codiciados que le hacen a Azerbaiyán sentarse en la mesa de los grandes.  Mirar de tú a tú a las democracias occidentales. 

La historia tatuada en la piedra del parque nacional de Gobustán con vistas a una cárcel de máxima seguridad donde había presos con condenas vitalicias por haber participado en atentados en la época más cruda por el Nagorno Qarabaj. 

El templo del fuego y el Yanar Dag, las llamas como señal de riqueza. Mientras haya llama habrá estatus. Mientras las balanzas de los pozos suban y bajen podremos ser quien somos.

Los palacios de los Kanes en Sheki. La ruta de la seda que tenía parada de prestigio en la ciudad. Aquella ruta que sigue existiendo hoy pero en la que viajan deseos gaseosos que recibimos con los ojos cerrados.

Una comida sabrosa con el lenguaje de las muescas. Sentir que el inglés también se pierde más allá de lo conocido. Unos chavales saliendo del colegio haciendo cosas de chavales y el sonido que viene de los minaretes a la hora del rezo de las 12.

El Cáucaso que llega al final. El mar Caspio hundiéndose a lo lejos y una silla clavada en la orilla que esperaba al que quiera contemplar el lugar donde muere la vieja Europa, o la puerta de Asia. Ni en eso estamos del todo de acuerdo.

Un viaje por tres países, por tres culturas. Por tres formas de entender y vivir. Una ruta en Avangard por los colores de tres banderas, por las maneras que tienen los humanos de enraizarse y estofarse de convencimiento. Que decida otro quien es el bueno.


Aquella foto tan chula con las velas de Bakú de fondo nos la hicimos poco después de ver a dos hombres jugar a un tradicional juego de mesa. No se les veía con prisa. Golpeaban aquellas fichas como si ese juego consistiera en ver quién las rompe antes. Aquella ciudad era un sitio de los que descolocan.

Partes de la base de que el casco histórico aquellos días estaba rodeado de hierro y banderolas de multinacionales patrocinadoras de la parada de la Fórmula 1 en Azerbaiyán. Llegamos un día después de que el Gran Circo rodara por aquellas calles. 

Eso le añadía un punto al asunto porque, que uno de los mayores espectáculos del mundo llegue a un país en mitad del Cáucaso te suscita hacerte algunas preguntas. 

Azerbaiyán se muestra al mundo como un país abierto, vibrante e incluso multicultural y laico. Con la ambición de querer ser puente entre Oriente y Occidente y también de hacer de pasarela de buen vendedor de gas, claro.

Aunque detrás de esa imagen pulida y trabajada hay una realidad mucho menos glamurosa. Un régimen autoritario heredado de padre a hijo en el que detrás de esa bandera tricolor se esconden elecciones donde siempre ganan los mismos. En el país apenas existe la prensa independiente, prácticamente la que hay es la que viaja para cubrir el fin de semana de F1. No hay crítica al poder.

Es ese contraste el que le hace a uno perderse por completo. Porque esas miras modernas se ahogan en un sistema arcaico. Azerbaiyán es un lugar contradictorio donde surgen infinitas dudas. Por supuesto, mucho más trascendentales del por qué aquellos hombres que jugaban en el centro de Bakú golpeaban con esa fuerza las fichas.


Todos los países tienen una memoria incómoda. En Georgia esa memoria viaja en un tren verde, acondicionado en el interior con baño y bien protegido del frío que suele azotar los inviernos del este.

En Gori nació Iósif Stalin y su ciudad natal parece cortada a la mitad con opiniones cruzadas de los vecinos que hoy transitan por sus calles. Un museo explica la vida del dictador olvidando la mayor parte de sus momentos oscuros y obviando todo aquello que pueda hacer dudar de su legado. 

Es parte de la atmósfera del tiempo suspendido que hay en el país y que se repite en lugares como Uplistsikhe. Allí la historia cavó en la misma roca para no desaparecer nunca y para recordar a todos los que la pisamos que por mucho que se quiera, el pasado nunca desaparece del todo.

Pero los georgianos no sólo miran atrás. Recorriendo (esta vez sí) su autovía más larga secuenciada por obras, llegas hasta la costa del mar Negro. Ahí irrumpen los rascacielos de Batumi donde la austeridad y aquella trasnochada historia desaparece por completo. 

Los casinos y bulevares bien iluminados reciben a millonarios y empresarios que llegan hasta aquella ciudad dispuestos a dejarse en ella buena parte de su dinero.

Este puede ser un buen resumen de Georgia, con ecos de profetas caducados y luces de rascacielos a pie de un mar marrón contaminado. Donde hay bodas cada minuto los sábados y donde los trenes verdes hoy están parados para los flashes de unos pocos turistas.

Si no fuera por el valioso tiempo que nos hace ganar, las autovías, autopistas y esas vías rápidas de dos y tres carriles serían algunos de los peores inventos de la historia. Nos hacen perder mucho.

Cuando se acabó aquella autovía desgastada con asfalto gris no pensamos que en realidad empezaba lo mejor de ese día: recorrer pequeñas poblaciones con apenas unas casas y pasar por los cientos de puestos de carretera en los que algunos paraban a comprar churchkhelas. (Yo creía que eran chorizos de matanza colgados.)

Fue en una de esas paradas donde probamos el vino de Kajetia, la región vinícola de Georgia, donde probamos la rica comida casera que nos prepararon en una pequeña bodega familiar y donde comprobamos la amabilidad de los que prefieren todos los días quedarse en su pequeña villa para enseñársela a quien venga.

Aquel asfalto de doble sentido nos llevó también hasta Sighnaghi y a su imponente vista de la cordillera del Cáucaso que parece pintada en una sábana que recorre todo el horizonte. A lo lejos se veían los picos blancos de esas montañas que llegan a traspasar el cielo.

También nos llevó hasta Telavi donde se nos hizo de noche. De camino vimos a los niños que llegaban a casa después de un día de colegio. A los mayores observando los coches pasar y a los animales que acampaban a ras de calle esperando que cayera algún trozo de pan por la ventanilla.

Y esa carretera también nos devolvió a Tiflis no sin antes parar a por uno de los chorizos dulces de los que hablábamos y tampoco sin pensar que nada de lo que acabo de contar hubiera sido posible si hubiera estado terminada aquella autovía que acorta tiempo, pero tritura tantos detalles.


Asomarse a un balcón con el viento soplando fuerte y observar las montañas cruzándose entre sí. La paz en un robusto monumento lleno de turistas. Esa paz que se vuelve visitable. 

En lo alto de la montaña georgiana se escenifica en piedra y azulejos la amistad que une a Georgia con el pueblo ruso. La carretera para llegar a los 2300 metros a los que se levanta es la misma que cruza hasta el país de los Urales. La hilera de camiones de mercancía que llegan desde allí recorre kilómetros y kilómetros. 

Arriba en la montaña Georgia guarda parte de sus tesoros. Viven ocultos entre valles donde quizás exista la certeza de que estarán presentes para siempre. Lugares como el monasterio de Gergeti desde donde uno acaba aceptando lo pequeño que es.

Sólo los turistas que pasamos apenas unos minutos allí somos capaces de romper ese silencio antiguo por el que nadie responde. Que vértigo da el tiempo a través del tiempo. Donde quedarán las voces que un día allí pusieron piedras buscando altura.

Y la montaña sigue mirando y contemplando. Esa misma que tiene en la cima una raya que sólo los humanos somos capaces de ver. Las marcas fronterizas que un ave puede trasgredir, pero no una persona sin pasaporte en regla.


En el mundo hay millones de relojes y horas marcadas a fuego para los que los miran. En Tiflis está el más pequeño del mundo. Encerrado entre ladrillos torcidos y donde tienes que tener el ojo bien despejado si quieres llegar a ver sus agujas.

A través de él se puede ver el tiempo que pasó y que sigue pasando hoy en el corazón de un país que late entre montañas y de una ciudad que es el espejo de la dignidad de sus gentes.

Por ese pequeño reloj se ven las horas detenidas de esa obstinada alegría de antepasados que no se dejaron vencer. Se ve a lo lejos a una mujer que en una mano tiene una copa de vino que ofrece a sus amigos y en la otra una espada por si llegara algún enemigo. 

Pero se ven también los errores y los abusos. Se ve a los jóvenes saliendo a la calle reclamando poder decidir su futuro. Pidiendo alejarse de vecinos que para ellos poco aportan en sus días y en su forma de vivir.

Hay miradas de georgianos hacia su reloj llenas de nostalgia y tristeza porque sienten que se les escapa de las manos las horas de su mañana.

En Tiflis, a veces parece que todo está un poco roto, aunque nada está aún caído. Hay herida pero queda canto. Hay horas pasadas que recordar y minutos futuros por los que seguir luchando.


Hay lugares donde la vida se teje lejos del ruido. Sitios donde uno nunca pensaba que se pudieran encender las luces al caer la tarde. Lo más probable es que la mitad de las personas del mundo no sepan que existe la otra mitad y eso llega a ser por momentos fascinante.

Entre montañas y valles vive el mundo rural armenio. Con carreteras que se pierden en la niebla y con rostros que sostienen horizontes más allá de la ciudad.

Allí las gentes no buscan brillar, buscan simplemente vivir como lo vieron siempre. Al pasar te miran e imaginan cuál puede ser tu historia. Pero esa mirada vive apenas segundos. Dura lo que tardas en pasar con el coche fugazmente.

Pero en tu mente se quedan esos espacios. Esas casas. Esos gestos de los más sabios a los pequeños inocentes. También todos los objetos a los que no encuentras una explicación verosímil de por qué están ahí.

Es complicado guardar el mundo en una mirada pero esas que pasan por donde sabes que es más que probable que nunca vuelvas a pasar son las más especiales.




Al final de la Avenida del Norte en Ereván se levanta el edificio de la Ópera. Es un lugar especial para los vecinos. Una de las principales atracciones culturales que hay en la ciudad.

La capital de Armenia es un poco como una ópera en pleno estreno. Sus calles principales recuerdan a aquellas centroeuropeas donde las grandes marcas tienen bien puestos sus escaparates. Están preparadas para recibir al público en sus butacas. 

Es una ópera con voces jóvenes que miran a los asistentes con la fuerza de querer prosperar y dejar atrás un pasado de vocalistas noveles de pequeños escenarios. Quieren afrontar su futuro con lo que tienen y nada más. Sin olvidar que esa obra, esa ciudad, es una de las más antiguas del mundo, más incluso que Roma.

Y tiene pausas. Tiene cafés que tomar. Conversaciones entre acto y acto que tratar. Una poderosa vida nocturna donde aquellos jóvenes solistas disfrutan de la vida entre noche y noche en los días de cartel.

Ereván es una ópera que se ve rosa como las piedras de la mayoría de sus edificios históricos donde lo soviético ahora es simplemente un sello. Aunque conserven algún cine como el 'Moscú'.

Y la obra acaba por todo lo alto, con voces agudas y graves que se mezclan en el decorado de un escenario donde hay fuentes de agua y luces de colores que celebran en la noche de un sábado.

Los aplausos los ponen los tantos turistas que alguna vez quisimos ir a conocer aquella ciudad, o aquella ópera.




Armenia es el único país del Cáucaso que no tiene mar. Sus habitantes viven rodeados de trozos de tierra de otros. Aunque si preguntas a más de uno es probable que antes de pedirte tener un trozo de mar, te pedirán poder tener un pedazo de montaña. 

En Armenia se mira y se busca al Ararat. El icono de los apenas tres millones de personas que viven en el país. Aquel monte pertenece hoy a Turquía por el tratado que firmaron con la Unión Soviética en 1921. 

Pero sigue siendo el alma de todos los armenios porque allí dicen que nació su pueblo y allí, según las escrituras, el Arca de Noé descansó tras el diluvio. Por eso Armenia es sumamente cristiana y por eso son el primer pueblo del mundo que adoptó el cristianismo como religión. 

Hoy las miradas hacia el Ararat se regocijan en el pensamiento de los que siguen a la Iglesia Apostólica Armenia y rezan en alguno de sus cientos de templos que hay por el país. Desde Khor Virap a Noravank. Desde Geghard hasta Sevanavank.

Su fe sólo les permite mirar hacia esa montaña. Por eso rechazan las directrices vaticanas y tienen su propio líder conocido como el Catholicós de todos los armenios.

El Ararat es parte de ellos aunque haya una frontera de por medio. Un pedazo de tierra y un pueblo que se miran mutuamente pero solo se queda en eso.




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