El hombre que regentaba aquel pequeño hotel de Quebec miraba cada mañana desde la escalera cómo la ciudad despertaba. Vivía en la planta baja de aquel edificio centenario de estilo francés. La Maison Demers se llamaba.
En algunas puertas de aquel lugar una misma mujer aparecía en distintas fotografías. Era su madre, y al parecer, regentó anteriormente también aquel hotel.
Hay algo de esa historia familiar que encaja con la propia Quebec: una ciudad acostumbrada a conservar lo que recibe. La única de Norteamérica que mantiene sus murallas y su centro histórico tal cual se construyó cientos de años antes.
Je me souviens (me acuerdo), frase que aparece en las matrículas de todos los coches de la región. Y para no olvidar nada, 420 metros de un mural trampantojo retrata los cuatro siglos de historia de la ciudad. Es el reflejo de la forma de ser de los locales.
Y quienes pasan por la ciudad jamás olvidan el château con cara de haber contemplado siglos de historia, pero cuya construcción no empezó hasta 1892. Todo el mundo le mira y se lo llevan capturado en sus móviles y cámaras, de ahí que sea el hotel más fotografiado del planeta.
Es un gran edificio que apenas guarda historia, justo al revés de lo que ocurre con la casa-hotel del hombre que se sienta en la escalera cada mañana.
Quebec, entonces, quizás tenga más de un trampantojo.









